Hoy es un día de eclipse. En mi biografía ha habido unos cuantos, y al final, fue más importante la celebración del acontecimiento que el hecho en sí, que suele durar unos minutos y, en la mayoría de los casos, no se ve nada. No importa; el recuerdo compartido vale más, como suele suceder, que la experiencia empírica.
El eclipse es una de esas palabras que leí antes de oírla. Fue en «Un yanqui en la corte del Rey Arturo» cuando este extraño evento apareció en mi vida. Como la mayoría de las cosas importantes, las he aprendido primero en los libros y después en la realidad. Por eso, cuando los he visto, mi mente los compara con la idea previa que tenía de ellos. Para mi carácter, es mejor la imagen que construimos en la cabeza, y quizá no debería ser así. Tal vez por eso es complicada mi conversión, entre otras cosas.
Nací en los años 70 en España, con mucha imaginación. Creo que, salvo la noche de Reyes y la primera vez que fui al fútbol—auténticas revelaciones—, el resto de mi vida ya estaba dentro de mí, trabajando en el laboratorio del hogar.
Por eso, un día como hoy, jornada de eclipse, lo vivo intensamente, como se viven las alianzas con el pasado. No creo que consigamos una foto decente, pero me pasaré una hora caminando por la ciudad, bajo los rayos quebrados por el nacimiento de una luna gestante de Pasión.