GENERACIONES SIN DIOS

Ayer presenciamos otro ejercicio de lo que llaman bullying y que nosotros llamamos acoso. Unos adolescentes ejercían su brutalidad contra un chico con lesión cerebral y en silla de ruedas. Los medios nacionales se han hecho eco de la noticia, y eso está bien, pero, desde luego, el asunto ni es nuevo ni nos sorprende.

Desde hace años, los abusos en guarderías, a los propios profesores, a los ancianos en residencias están a la orden del día. Sin mencionar la perversión homopedófila, que va por otro lado, ni los asesinos tipo Bretón o Sancho. Y es que el ser humano es capaz de cualquier cosa: desde la aberración más monstruosa hasta la obra más sublime. Pero esta última, en general, no surge por sí sola; hay que cultivarla, educarla. Un individuo sin referentes tiene muchas más probabilidades de inclinarse hacia lo primero.

Por eso nuestra cultura ha descubierto (o, según otros, ha creado) a Dios: el árbitro que sublima la moral del ser humano, adecuándola a su interior bañado en pecado original.

El nivel moral de las nuevas generaciones, criadas sin ningún dios, roza el de los psicópatas. Seres sin referentes ni padres –da igual si divorciados, de deseo simétrico o incestos monoparentales– producen el mismo vacío. La ideología se transmite a golpe de pantalla, y una conciencia de vida limitada a un móvil solo puede engendrar a esos cabrones. Son entes sin Dios, nacidos al este del Edén, sin más brújula que el goce enfermo del momento.

Y aquí estamos, recogiendo los frutos de una sociedad que decidió prescindir de cualquier guía trascendental. ¿Qué esperábamos? Sin un principio que ordene, sin un freno que limite, solo queda la barbarie. Hoy es el chico en silla de ruedas. Mañana, cualquiera de nosotros.

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